viernes, 28 de septiembre de 2012
Juventud divina
Como el bramido de un trueno
detrás de una montaña virgen,
carcajadas de adolescentes
revolviéndose en la grama
Mirando desde la falda,
cabalgando la alegría
conquistando el templo ancestro,
derribando todas las puertas
Al norte, sur, al este, oeste.
Inconsciente vacuidad divina,
impermanente.
Ayer un niño se rió de mí,
y todas mis brújulas marcaron
su abismo, todas mis piernas
echaron flores apuntando hacia allí,
queríendo ir con él a su sitio sagrado,
a reirnos juntos.
Cada antipatía llovía
10 mil pétalos de flor de loto,
mientras las caras cambiaban
una y otra vez de forma,
hasta que se quedaron borrosas.
Mi niño interior pataleaba,
quería salir por mi boca,
me encendió los ojos en llama
mientras me apretaba el corazón.
Yo respiré y por fin lo dejé salir.
El niño que reía era de aire.
Mi niño eran unas alas azul cielo,
buscándolo,
batiéndose con él para sobrevivir.
Rebelamos juntos el vuelo
hacia el sol.
Las alas dieron sombra,
y su viento nos elevó.
Bajó una mujer dorada
desde el sol, a darnos la hostia
y el vino.
Se desnudó un instante
y luego se marchó.
Yo caí en un mar,
convertido en tiburón de piedra.
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