viernes, 10 de enero de 2014

Rosa de la espina

Subterráneo abismo,
bolsillo lateral izquierdo de mi hogar vacío
y lleno de humo, de fuego, de humo de nubes 
incendiadas en las hogueras de mis 111 cienes,
cenizas maestras que han caído hasta el fondo,
en el meollo, al lado de una piedra que casi grita
parásitos hondos en simbiosis con mis memorias
la vi, mi madre, y ninguno de ellos la puede negar.
Por qué la esconden?
Los escucho palabrear como latidando y tratando de dar,
de demostrarla, de mostrármela,
pero no la veo.

La siento, no la esconden.

Esta miel de abejas peregrinas llueve y contornea sus mundos
aunque no se den cuenta ellos, y en la cercanía más acá
los gusanos fueron cometas mesiánicos
como señal de un nuevo cambio, la primera in periencia.

Bizquean, saltan los ojos y la lengua.
Muequean, se quejan por dentro el fastidio de saberse difuntos
e ignorar en silencio la vida sin fondo en los ojos del café
que los expía;
ellos se olvidaron de su olvido.

Y allí sola, en asamblea con sus manos de remolino,
ella rota el mundo antes de que se queme.

Antes que el sol y antes que cualquier dios aciago,
como quien sabe, en aquel palpitante incendio, ella reza el mundo.

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